Centros con Inteligencia Espiritual

(Proyecto Educativo Institucional, Escuelas Católicas, 2010)

Definición y justificación

Somos conscientes de que nuestra seña de identidad es el anuncio del mensaje de Jesús; que vivimos en una sociedad sensible a la experiencia espiritual, aunque está alejada de las formas institucionales de religiosidad, que van abandonando paulatinamente. Por ello, queremos hacer opción por una línea estratégica que formulamos así:

Implantar un modelo de pastoral sistémica para construir centros con inteligencia espiritual.

La justificación de esta línea se deriva de que queremos asumir el reto de promover un profundo cambio en nuestra propuesta pastoral para adaptarnos a los paradigmas emocionales, comunicativos y de pensamiento propios de nuestro tiempo, hacer experimentación de nuevos modelos más allá del modelo basado en la mera transmisión de la fe y conectar así con el corazón existencial de alumnos, familias y educadores.

Objetivos

Implantar un modelo de pastoral sistémica para construir centros con inteligencia espiritual.Para concretar esta línea en objetivos partimos de una visión del problema que plasmamos en estas cuatro claves

Modelo sistémico de pastoral

Optar por un modelo sistémico de pastoral, más allá del modelo actividades de pastoral.

Competencia espiritual

Optar por un modelo plenamente pedagógico basado en la competencia espiritual, más allá del modelo de transmisión de la fe.

Modelo de formación e implicación de todos

Optar por un modelo de formación e implicación de todos los miembros de nuestros claustros, más allá del modelo centrado sólo en el alumno.

Espiritualidad vivencial

Optar por una espiritualidad vivencial, desde una propuesta que parta de la construcción de centros con inteligencia emocional para llegar a centros con inteligencia espiritual, más allá de la pastoral conceptual.

  • Mejorar la alfabetización de la competencia religiosa de alumnos y educadores.
  • Mejorar la expresividad de la fe en nuestra comunidades educativas y la vivencia de la interioridad compartida.
  • Establecer compromisos sociales y culturales con diferentes causas y grupos implicados en la lucha por la justicia, la paz, el desarrollo y la ecología.
  • Optar por la inteligencia espiritual como foco de todas las acciones educativas y como rasgo de nuestros centros.
  • Avanzar en un estilo pedagógico cada vez más positivo que aborde el aprendizaje y el conflicto desde el potencial y la oportunidad, en lugar de centrarse en la carencia y lo negativo.
  • Avanzar en un estilo didáctico cada vez más participativo, inductivo, autónomo, cooperativo e innovador.
  • Configurar un estilo organizativo positivo que mejora la confianza, bienestar, motivación y creatividad de alumnos y educadores.
  • Mejorar la competencia espiritual de los educadores y equipos directivos y las competencias umbrales desde planes de formación y coaching permanente.

Competencia Espiritual

(Reflexiones en torno a la Competencia Espiritual, Escuelas Católicas Madrid)

Competencias Educativas - Competencia Espiritual

En 2003 la OCDE estableció lo que consideraba que eran las competencias básicas educativas con las que el alumnado debe estar preparado al salir de las enseñanzas básicas obligatorias. Esta tendencia pedagógica que expresa los objetivos educativos en términos de competencias o habilidades ya se encuentran en nuestras leyes educativas y, cambien o no las mismas, seguirá haciéndose presente en otros planteamientos. Así, la LOE (2006) establece ocho competencias básicas que deben contemplarse en la tarea educativa:

  1. Competencia de comunicación lingüística.
  2. Competencia matemática.
  3. Conocimiento e interacción con el mundo físico.
  4. Tratamiento de la información y competencia digital.
  5. Competencia artística y cultural.
  6. Competencia social y ciudadana.
  7. Competencia para aprender a aprender.
  8. Autonomía e iniciativa personal.

El origen de esta cuestión nace del estudio de las anteriores competencias y de cuestionarnos sobre la ausencia de una novena habilidad: la competencia espiritual. En este sentido decidimos iniciar un proceso de reflexión desde la perspectiva de educación integral. Desde ahí, lo primero que se hizo fue analizar qué características ha de tener una competnecia educativa para que sea considerada básica. Es decir:

  • constituye un saber hacer, es decir,un saber que se aplica;
  • es susceptible de adecuarse a una diversidad de contextos;
  • tiene un carácter integrador, abarcando conocimientos, procedimientos y actitudes.

En suma, cuando resultan valiosas para la totalidad de la población, independientemente del sexo, la condición social y cultural y el entorno familiar, son básicas.

El siguiente paso fue aclarar términos. Esto era importante no sólo por ser estrictos a la hora de emplear términos, sino porque todos ellos tienen una pesada carga histórica que ha desgastado su significación o la ha ocultado de una manera u otra. Además, los significados eran muy diferentes según se definiera desde una perspectiva u otra: teología, filosofía, sociología…

Así, de manera resumida, cuando hablamos de Espiritualidad nos referimos a esa dimensión profunda del ser humano que trasciende las dimensiones más superficiales y constituye el corazón de una vida humana con sentido, con pasión, con veneración de la realidad y de la Realidad.

De la misma manera, cuando hablamos de Religión estamos señalando esa adaptación sociocultural de la disposición humana hacia lo absoluto, lo trascendente, que en cada tiempo y espacio le da totalidad y sentido a su existencia.

Mística significa, entonces, la capacidad de conmoverse ante el misterio de todas las cosas. No es sólo pensar las cosas, sino sentir las cosas tan profundamente que llegamos a percibir el misterio fascinante que las habita.

A continuación, se estudió el contexto actual, siguiendo la recomendación de Gaudium et Spes (nº 4) y somos capaces de describir algunas características que influyen en nuestra reflexión:

  • el paso de un cristianismo en una cultura de cristiandad a un cristianismo en un ámbito plural;
  • el contexto sociológico a medio camino entre la modernidad y la posmodernidad, con sus ventajas y sus riesgos;
  • en lo pedagógico, emerge en los últimos decenios el paradigma de las inteligencias múltiples, que estima que el ser humano no es unidimensional en su aprendizaje y desarrollo, sino que es diverso en capacidades y posibilidades;
  • el pluralismo existente también es cultural y religioso; esto exige desarrollar capacidades para el diálogo y el encuentro, fortaleciendo las convicciones más hondas y siendo conscientes de las más superficiales.

En este contexto tan diverso, preparar a niñas y niños para que sepan desarrollar un dimensión espiritual nos parece que representa una urgencia. Si tienen los elementos y experiencias necesarias para elegir por sí mismos, pensamos que serán más felices y que se sentirán parte en la construcción del mundo actual, complejo y lleno de posibilidades.

 

La siguiente pregunta que surge tras asumir que es necesaria una competencia espiritual tiene que ver sobre formas y maneras. Para empezar a responderla estudiamos si hay alguien investigó sobre este tema antes.

Un primera referencia fue Viktor Frankl. Él percibe al espíritu como un eje que atraviesa el consciente, preconsciente e inconsciente. Entiende que el ser humano es existencial, dinámico y capaz de trascenderse a sí mismo. De esta manera, la persona ya no es considerada como un manojo de instintos. Tampoco como un compuesto de actos reflejos, no es un títere movido por alambres exteriores invisibles o que corren por su interior. Es un ser libre y espiritual. Para el psiquiatra austriaco, la Trascendencia es lo que permite superar los condicionamientos biológicos, psíquicos y sociales.

Aunque no con toda seguridad, Howard Gardner habló de una inteligencia existencial o trascendente definiéndola como «la capacidad para situarse a sí mismo con respecto al cosmos; la capacidad de situarse a sí mismo con respecto a tales rasgos existenciales de la condición humana, como el significado de la vida y de la muerte y el destino final del mundo físico y psicológico en profundas experiencias como el amor a otra persona o la inmersión en un trabajo de arte». Sin embargo, Gardner no se atrevió a profundizar en ello y la dejaba en «media inteligencia», ante la duda.

También encontramos estudios paralelos en el psiquiatra Robert Cloninger o el psicólogo Emmons, que definiría más tarde lo que llama la inteligencia espiritual, que abarca la capacidad de trascendencia del ser humano, el sentido de lo sagrado o los comportamientos virtuosos que son exclusivos de él.

Danah Zohar y Ian Marshall se preguntan acerca de la inteligencia espiritual y de cómo podemos mejorarla. Según ellos existen caminos a una mayor inteligencia espiritual.

McGilchrist, Myers y Reed, entre su elenco de tipos de inteligencia necesarios en el sistema escolar proponen la inteligencia espiritual, que se define por facilitar la adquisición de un sistema de valores. La inteligencia espiritual está caracterizada por valorar fundamentalmente la vida y el desarrollo de todos los miembros de una comunidad.

Maslow nos habla de «experiencias cumbre o pico», es decir, aquella realización personal con la que alcanzamos una auténtica cota como seres humanos. Asegura que la persona empeñada en un acto creador se siente más espontánea que antes, se percibe como un ser agraciado. Durante las experiencias cumbre, la persona se siente más integrada.

Desde la teología, encontramos también perspectiva interesantes. En el siglo XIX, el cardenal Newman reflexionaba, con otras palabras, sobre la necesidad de un trabajo educativo para la competencia espiritual. Rahner, a su vez, afirmaba con respecto a este mismo tema: «el cristiano del futuro será místico o no será cristiano». Por místico entendía un cristiano que hace personalmente la experiencia de fe y la necesidad de esa condición venía fundada para él en el hecho de que el cristiano ha comenzado a existir en las sociedades avanzadas en situación de diáspora. Todo ello también apunta a la necesidad de estar preparado para desarrollar la personalización de la fe.

Martín Velasco desarrolla la necesidad de personalizar, de hacer propia la experiencia espiritual y, por tanto, religiosa. Habla del paso de un cristianismo impersonal, sociológico, de masas, a un cristianismo personalmente asumido, como paso de una fe pasiva a una fe activa, como cambio de un catolicismo practicante, hecho de ritos y prácticas cumplidas por obligación o por presión social, a un cristianismo confesante. Personalizar el cristianismo significa realizar personalmente la experiencia cristiana con su pluralidad de dimensiones que abarcan la totalidad de la persona: razón, sentimiento, decisión, opción libre, acción en el mundo, relación interpersonal…; con su asombrosa pluralidad de niveles, que comportan un largo itinerario y el paso por etapas sucesivas, y con su inagotable riqueza de aspectos: teologal, ético, cultual, práctico y hasta político. Todo ello en las dimensiones que se crean necesarias, presupone competencia.

Desde la filosofía encontramos testimonios en esta línea que nos pueden resultar incluso sorprendentes. La espiritualidad laica de Comte-Sponville o el acceso ético a lo religioso de Marina serían una muestra de ello.

Desde el ámbito educativo y pedagógico se ha profundizado bastante en el espacio anglosajón de conocimiento. De maner a global, el informe Delors «La educación encierra un tesoro» incide de manera audaz y clara sobre la importncia de trabajar la dimensión espiritual como medio para el crecimiento personal, así como para la prevención y la resolución de conflictos.

Resultado de imagen de competencia espiritual

Llegados a este punto, EC-Madrid elaboró su propia propuesta, una guía para la reflexión y el diálogo. Elaboraron unos tipos de competencia espiritual porque, como en todos los procesos educativos, siempre hay unos pasos que se deben seguir, un camino que recorrer. En nuestras reflexiones hemos concluido que estos procesos actualmente no siguen unos pasos muy coherentes en el contexto actual; dicho de una manera coloquial: «empezamos la casa por el tejado». No obstante, también hay que ser realistas, las tipologías pretenden ayudar a estudiar cómo desarrollar esa novena competencia. Pero la realidad es más compleja. Así pues, proponemos cuatro tipos que, a modo de «matriuscas», incluyen una a la otra.

La competencia espiritual habla de la persona que está preparada para hacerse preguntas hondas, para asombrarse y comprometerse con la realidad del mundo en que vivimos.

La competencia espiritual trascendente expresa la inclusión en esas preguntas-respuestas y en ese compromiso de la dimensión trascendente, el Misterio.

La competencia espiritual religiosa permite tener las habilidades para saber qué tipo de respuestas y aportaciones se han realizado desde las diferentes religiones.

La competencia espiritual cristiana desarrolla todo ello en la propuesta cristiana, en los procesos de pastoral y acciones explícitas.

Tenemos el reto de trabajar desde estos tipos de competencia espiritual: la búsqueda del sentido, la experiencia y vivencia del Misterio que habita en cada uno y en el mundo que nos rodea, el descubrimiento de que otros viven esta misma experiencia, dar nombre a ese Misterio, compartir y enriquecerse de las mutuas experiencias.

La competencia espiritual ha de ser una herramienta especial para el diálogo. Estamos en un tiempo de planificar bien el acceso a la competencia espiritual cristiana y de entender bien los procesos y correlaciones entre todos los tipos. La situación respecto a la dimensión espiritual y el propio hecho religioso es grave. Necesita que estemos atentos y hagamos análisis entendiendo los dinamismos de la sociedad.

Así pues, animamos a la reflexión sobre este asunto. Nuestro convencimiento es que las competencias educativas básicas han de ser nueve, y esto es algo que en la escuela católica y en cualquier escuela que desee educar integralmente, ha de contemplarse con naturalidad en las programaciones y en otros muchos elementos de la misma.

En el diálogo con la sociedad hemos de ser capaces de transmitir que esa novena competencia es necesaria para todas las personas. Podemos debatir con qué tipo de competencia espiritual hemos de trabajar o con qué aspectos de cada una de ellas, pero en cualquier caso la dimensión espiritual, tal como la hemos presentado, ha de ser declarada como un aspecto integral.

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